El delito es una actividad parasitaria respecto de las actividades normales de la vida social y por ello mismo depende de su ritmo; no hay robos donde no hay riqueza, por ejemplo, y no hay violencia familiar donde no se convive con la familia.

Un cambio en la vida social desencadena cambios en los delitos que se cometen en un tiempo y un espacio. Comprender los efectos de una severa interrupción de la vida social, como la actual emergencia sanitaria, requiere entender cuáles delitos dependen de qué actividades sociales y como la emergencia los afecta.

Desde 1979 (1) se argumenta que la ocurrencia de un delito requiere la presencia de: un blanco valioso, un ofensor motivado y un vigilante deficiente; cuando alguno de estos elementos cambia la incidencia delictiva también lo hace. Distintos tipos de delito serán afectados de forma diferente: lo que inhibe la frecuencia de algunos favorece la de otros. También el grado de organización de la actividad delictiva afecta su sensibilidad a estos cambios.

Identificamos dos ejes para abordar el problema:

Dependencia de aglomeraciones:

Si consideramos que la mayor parte de los delitos ocurren en ‘generadores’, que son lugares donde hay muchos delitos por que concentran a muchas personas (2); entonces la política de distanciamiento social y cancelación de eventos masivos debería disminuir la mayor parte de los delitos. Sin embargo la disminución de personas en los espacios públicos también significa que hay menos vigilancia natural; hay delitos que no se cometen mientras haya mucha gente viendo.

Interacción requerida:

Por otro lado, algunos delitos tienen mayor necesidad de comunicación y transporte (3): el robo necesita de mucha comunicación e interacción, no tanto en el momento del robo sin en la planeación del mismo; mientras que el homicidio (no asociado a crimen organizado) y las violaciones no necesitan coordinación.

A partir de estos dos ejes mencionados, aventuramos algunas conjeturas:

1.  La clausura de eventos masivos debería reducir el número de delitos oportunistas, no asociados con el crimen organizado, como: el robo de autopartes o el robo a transeúnte, los cuales ocurren de 70% y 48% respectivamente en la calle. Los robos a comercio deberían de reducirse, especialmente el robo hormiga; pero con al mismo tiempo, la falta vigilancia natural propicia el robo a lugares cerrados. También deberían reducirse los incidentes de acoso sexual, que ocurren primordialmente en la calle (43%) o en el transporte público (32%).

2.  Al reducir la convivencia en el espacio público, se intensifica la interacción en casa y con vecinos y familiares, favoreciendo la ocurrencia de ciertos conflictos. Según datos de 2019 (4) en México el 68% de las extorsiones ocurren en la casa; 34% de las amenazas; también 34% de los fraudes al consumidor; el 38% de las violaciones y el 22% de las lesiones. Estos delitos aumentarán durante el confinamiento. Habrá aumentos en violencia familiar, lesiones, suicidios y ciertos delitos sexuales (cuando el agresor es un familiar).

3.  La reclusión presenta oportunidades para el fraude al consumidor, en las compras en línea y los servicios a domicilio. Pero con todos en casa, el robo a casa habitación se inhibe, y sólo queda cometerlo con violencia.

4.  Aquellos delitos no relacionados con las concentraciones (en calle o en casa) y que no necesitan coordinación, como feminicidio o el homicidio no asociado al crimen organizado en general deberían ser bastante indiferentes a la emergencia sanitaria.

5.  Los delitos del crimen organizado se comportan de manera distinta. Es posible una contracción del mercado negro (de drogas, personas, etc.), la organización criminal necesita mantenerse, más aún cuando hay conflictos entre distintos grupos.

La guerra seguirá, los homicidios continuarán su escalada en las zonas en disputa. La guerra debe financiarse, por lo que ciertos tipos de robos aumentarán (como el robo de vehículos).

La extorsión probablemente continuará; sin embargo, si se reducen los ingresos de estas actividades, debido al cierre de empresas y negocios, los grupos organizados buscarían nuevo financiamiento. Cuanto más se prolongue la cuarentena mayor es la probabilidad de que aumenten los delitos violentos y de alto impacto, como el secuestro.

6.  Sobre los negocios que aun operan, existe la amenaza de clausura por no cumplir disposiciones de Secretaría de Salud y autoridades locales, y con ello se abren nuevas oportunidades para la corrupción, que ya desde 2017 (5) se perfilaba como uno de los principales problemas que enfrentan las empresas.

En conclusión

En los números absolutos, los próximos meses deberían mostrar una disminución total del delito, aunque una mirada más detallada mostraría un comportamiento desigual.

Otra cuestión es el papel de las agencias de seguridad, Policías y Fiscalías; parafraseando a Edna Jaime (6): si no existieran México sería exactamente igual; su falta de efectividad, su corrupción y lentitud las vuelve irrelevantes para el análisis. Tal vez el efecto más notorio del virus sobre su actividad sea el subreporte de delitos.

(1) Cohen, L. E., & Felson, M. (1979). Social Change and Crime Rate Trends: A Routine Activity Approach. American Sociological Review, 44.

(2) Brantingham, Paul; & Brantingham, Patricia. (1995). Criminality of Place: Crime Generators and Crime Attractors. European Journal on Criminal Policy and Research, 3(3), 1–26.

(3) Glaeser, E. L., Sacerdote, B., & Scheinkman, J. A. (1995). Crime and Social Interactions (Working Paper Núm. 5026). National Bureau of Economic Research.

(4) INEGI, Instituto Nacional de Estadística y Geografía (2019). Encuesta Nacional de Victimización y Percepción Sobre Seguridad Pública 2019 (ENVIPE).

(5) Vilalta, C. (2017). Cuando la cleptocracia no alcanza: Los delitos contra las empresas. Economía, Sociedad y Territorio, XVII(55), 837–866.

(6) Jaime, E. (2019, agosto 9). A pesar de todo, seguimos creyendo en esta justicia. Recuperado de El Financiero.

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